sábado, febrero 02, 2013

La política farandulera ó la farándula politiquera


      
            La farándula y la política. O la política farandulera, o la farándula politiquera. Como más les guste. De eso se habla cuando se nombra a Miguel del Sel, Rocío Marengo, Leandro Ginóbili, Héctor Baldassi o Walter Queijeiro. Y es un error creer que si un partido político con representación en legislaturas, concejos deliberantes, y ambas cámaras, convoca a ‘famosos’ para ocupar cargos en futuras elecciones lo hace porque no tiene un proyecto político. Gran error. Porque es ese, justamente, el proyecto político.
            Y como son actores, modelos, gente ligada al deporte o periodistas, parece que pueden decir cualquier cosa excusados en su profesión, digamos, original. Un supuesto chiste que no hace reír ni al más alegre de la concurrencia, insulta mujer y envestidura, y debemos dejarlo pasar porque hay una mínima disculpa.
            O cuando se dice, en referencia a gente de clase social baja, pobres, en fin: “O los matas de chiquitos, o los discriminas de grandes”, cuesta creer que alguien, públicamente, se exprese de esa manera. Y que después salga, sin vergüenza, desembozada, a llamar a que militen su causa.
            No se trata de agrupar frivolidades, sino de buscar traducir en votos el conocimiento que de esos famosos tengan los votantes. No es hacer política, sino todo lo contrario, es deshacerla. Pero, insisto, no es que eso no sea un proyecto en sí. Si los políticos tienen que citar opiniones de actores o deportistas sobre los temas de la sociedad, y, además, afirmar sentirse representados por ellos, no es ausencia de elementos constitutivos de un plan o propósito político, sino desarmar y desmantelar la política como herramienta de transformación y volverla espejitos de colores, mutarla en una carrera de vanidosos inexpertos que creen que es un chiste ofender la investidura presidencial o que es chic burlarse de la pobreza. Como vemos, ninguno de los convocados es un adalid de los desamparados.
            Todos los ciudadanos comprometidos con su pueblo, que deseen mejorar la calidad de vida de las personas pueden y deben participar en la vida política cotidiana, sin importar de donde provengan o que ideas profesen. Pero no quiere decir bajo ningún punto de vista que banalizar y farandulizar algo tan serio como elegir a quienes deben tomar las decisiones y llevar adelante las acciones para el presente y futuro de un país sea una opción superadora. De hecho puede que ese intento fracase, porque célebre no significa, necesariamente, popular. Y no es problema de los famosos que aspiran a cargos electivos, sino de los políticos que, como el flautista de Hamelín, creen que pueden obnubilarnos a su gusto como a ratas torpes y llevarnos a donde quieren, que, como en el cuento, puede resultar ser un abismo.

María José Sánchez

1 comentario:

Néstor Salgado dijo...

Muy buena reflexión amiga y claro que hay un proyecto detrás de estos personajes...la derecha que responde al neo liberalismo y a los monopolios, a estos personajes los usan y se dejan usar por interés; esta muy bien este tipo de informe que nos ilustra, un abrazo