En broma, había
llegado a decir que entendía a Sigourney Weaver, cuando estaba
a punto de parir a Alien, porque sentía poderosos dolores abdominales, a
intervalos regulares y otros dolores permanentes, como pérfida musiquita de
fondo. Diez días así. Con malestares que pasaron de ser molestias a los
arañazos siniestros del hijito de la Teniente Ripley. La noche del jueves no
dormí por los dolores, al día siguiente salí de casa temprano, tenía reuniones
y trabajo de campaña que hacer. Militar, le dicen. A las 7 de la tarde me
retiré de una reunión porque no soportaba más, llegué a casa y de ahí a la
guardia de la clínica Belgrano. No había médico, estaría ocupado con otra
urgencia, luego de esperar unos cuarenta minutos caminando en círculos porque
no soportaba estar sentada, apareció. Cordobés, con rastas, me apretó la panza,
dolió mucho, y me diagnosticó dispepsia (algo así como inflamación del hígado,
según entendí, aunque por esas horas no era muy receptiva a otra cosa que mi
abdomen). Me inyectaron una combinación de remedios, aun conservo el moretón en
la cola. Me mandaron a casa y a hacerme una ecografía, para ver el por qué de
esa supuesta dispepsia, ya que podía ser por cálculos biliares, o renales,
barro, etcétera. Todo un divinor.
Tampoco pude
dormir la madrugada del viernes, suspendí algunas actividades, aunque otras
tuve que hacerlas. A las 3, tenía turno para la ecografía. El
hígado, los riñones, la vesícula… todo parecía estar bien. Excepto por el
líquido sobre el útero y a un costado del hígado. Líquido que no debía estar ahí, claro, y que me venía dando vueltas hacía más de una semana. La ¿ecógrafa?
intentó algún diagnóstico, pero no quiso arriesgarse, pero me dijo tres veces,
mirándome fijo, “Con los resultado ya a un cirujano, ¿entendiste?” Las tres
veces hizo mucho hincapié en el ‘ya’. Tenía turno con el cirujano (¿Por qué un
cirujano tan pronto?, me pregunté. Obvio.) a las cinco. Vio los estudios a esa
hora, me anticipó que no tenía idea qué podía estar pasándome pero que si no me
operaba de urgencia para drenarme el líquido, bueno, la iba a pasar peor…
Posibilidades:
embarazo ectópico (no se, algo horrible, googleen), apendicitis muy rara (nunca
me pasa nada que no sea un poco raro) o algún óvulo que al reventarse haya
desparramado líquido, que podía ser sangre o una infección.
A las 6 de la
tarde ya estaba internada: una habitación preciosa, privada, con plasma LCD, y
hasta una salita de espera con sillón para que duerman los que te cuidan.
Estaba mejor que en mi casa, en la que dejamos al plomero trabajando, pensando
en volver, claro. A las 6 y media vino la ginecóloga, me sarandeó un poco, me
apretó acá y allá. El dolor era algo tan natural como respirar, a esas alturas.
Ya estaba el quirófano esperándome, sí. Una hora antes había llegado a mostrar
un estudio a ver qué onda y ya me habían puesto una vía con suero en la mano,
nada práctica para ponerme la batita verde de mangas largas. Todo un desafío.

Caras de susto
de mi familia. Yo no llegué a asustarme. Ni tiempo me dieron. Entré
al quirófano, las enfermeras me saludaron y preguntaron cómo estaba. “Acá”, les
dije, “Elegí hacer la previa del Día del Amigo tomando suero en vez de ir a
Kerry Keel”, rieron todos. Cómo te llamás. Cuántos años tenés. Cuánto pesás. Si
ya me había operado antes. No, nunca jamás.
“Ahora te vas a
marear un poco”, me dijo el ¿enfermero? ¿anestesista? Muy simpático y educado,
como todos allí. Una de las últimas cosas que recuerdo fue escucharlo decir,
mientras inyectaba algo en la vía que tenía conectaba a la mano, “Aerolíneas
Argentina les informa que está por partir el vuelo a la primera operación,
todos a sus asientos” Me reí. “Es mi primer vuelo, también, toda una nueva
experiencia”, acoté y todos volvieron a reír. La verdad es que la estábamos
pasando bastante bien, dentro de todo… Pensé en hacer algún otro chiste malo y
fácil, de los míos, pero ya me habían vendado las piernas, me habían abierto
los brazos en cruz y el mareo era algo real, así que callé. Y dormí o me
desmayé. La operación duró cuarenta minutos, yo tardé casi una hora y media más
en despertar. Fue un éxito.
Cuando abrí los
ojos estaba una de las enfermeras delante mío. Le pregunté qué había sido. Un óvulo fuera
de lugar que explotó e hizo todo el daño. Temblaba un poco por el frío, producto de
la anestesia, pero estaba consciente y pude hablar con todos. Hasta pregunté la
hora y pedí que me vayan poniendo Los Simpson en mi nuevo LCD. “¡Se despertó a
full!”, bromeó uno de los enfermeros mientras me entraba a la habitación 302.
Bueno, estaba viva, después de haber estado muy cerquita de no estarlo. Era
para festejar con Bart y Homero.
Buena noche, con
sed, pero durmiendo bastante, sólo despertaba cuando entraban las enfermeras a
cambiar el suero. Me tomé como seis o siete. Me levantaba para ir al baño, con
cuidado, porque antes de la chata prefería otra laparoscopía.
A la mañana
siguiente desperté a eso de las siete. Entraron a hacer la limpieza, vi
televisión. Desayuné té con leche, que mucho
no me gusta, pero tenía tanta sed que hubiera tomado nafta. Almorcé algo de
verduras. Jugué a “cama arriba, cama abajo”, con el control. Luego vino la
ginecóloga a revisarme. Estaba viendo Toy Story 3, me dio un poco de vergüenza.
Bajé el volumen para oírla. Me encontró bien y me dio el alta. Me recordó la suerte
que había tenido de llegar a tiempo a la clínica y me recomendó reposo. “Una
pacienta, al otro día de la laparoscopía, ya estaba andando en bicicleta, una
locura”, me contó. Yo no tengo bicicleta.
En casa de mi tía
el resto de la tarde, y después a mi camita, sitio en el que sigo mientras me tiran los puntos por escribir estas líneas tontas, sin saber mucho para qué lo hago. Lo que sí sé, es que
mañana es lunes y voy a vivirlo, gracias al rápido accionar de todos los que me
atendieron desde que me hice la ecografía hasta el saludo de la enfermera Laura
cuando ya entraba al ascensor lista para irme. Y aunque es lunes, y los lunes
no nos gustan, imagino que será un gran día.